9 septiembre, 2008
sábado de cumpleaños
Me encontraba aún tratando de identificar los puntos mas adecuados para colocar los ramilletes de globos cuando aparecen por arte de birli-birloque los abuelos de la niña, con la niña. Su bici de Barbie sin terminar de montar, por supuesto, las mesas sin montar y el único aperitivo terminado: el Salmorejo (sin el jamón ni el huevo, por supuesto).
Así que no te quiero ni contar, que, por supuesto, no subí a darme una relajante ducha, ni a ponerme un bonito vestido y muchísimo menos a pintarme la pestaña y recibí a mis ventimuchos invitados con una bermuda negra de hacer deporte (que nunca he usado para tal fin, pero que me hace un culo precioso) y una camiseta que nos serigrafiamos hace años: “Mary is my home girl”.
Ni decir tiene que para nada le pude hacer el arco de globos que había aprendido a hacer gracias a la Internet, ni mucho menos llenarle los globos de purpurina, para que cada vez que algún graciosillo pinchara uno, al menos, pareciera que acababa de salir de un espectáculo de drag-queens.
Por lo demás el tercer cumpleaños de Lucía transcurrió sin incidentes, entre risas provocadas, risas fingidas y risas verdaderas y lo que más me importa con la risa de mi hija marcada como a fuego en su preciosa carita. Y lo que empieza como una comida, continúa con una merienda y finaliza con una copa después de una cena con viejos y nuevos amigos y con mi hija durmiendo, por primera vez en su vida, hasta las doce y media de la mañana siguiente. Eso si, siempre con mis bermudas negros y sin tiempo para pintarme la pestaña. ¡Qué quieres que te diga, mis invitados merecían el esfuerzo!